18 de outubro de 2012

EL MITO DEL CRECIMIENTO









Alejandro Represa Martín
Patrono de Economistas sin Fronteras.
in Economistas Nº 13: Artículos Técnicos


La crisis actual nos desvela cómo nuestro modelo económico, que considera­mos exclusivo, no satisface las necesidades de la población ni cuida con la necesaria atención de los recursos naturales de la tierra ni del medio ambien­te, poniendo en grave riesgo la suerte de las generaciones venideras. Curio­samente, entre las diferentes crisis transcurren espacios temporales cada vez más cortos. Tenemos que buscar el modo de cambiar este sistema económico o nuestro futuro puede llegar a ser dramático.

Cuando a fina­les de la dé­cada de 1920 subieron los valores bur­sátiles como la espuma, EEUU descu­brió una nueva pasión: el jue­go de la bolsa, que en 1929 hizo de Wall Street la Meca a la que todos querían pere­grinar con la esperanza de hacerse millonarios rápidamente. Como los bancos prestaban el dinero con gran facilidad, el capital fluía de forma impa­rable, la gente amasaba grandes fortunas comprando acciones un día para vender­las al día siguiente. El apogeo económico se convirtió en esquizofrenia generaliza­da, y todos creyeron que la prosperidad de la economía norteamericana nunca terminaría.

Sin embargo, como era de esperar, la burbuja especulativa explotó causando un gran pánico financiero el 24 de octu­bre de 1929, el famoso jueves negro. La bolsa se derrumbó como un castillo de naipes. Las pérdidas se acumulaban y los norteamericanos se sintieron desalenta­dos al ver la ruina de los bancos (hasta entonces considerados el fortín inexpugnable del capitalismo). Cada mes miles de familias se quedaban en la calle, y cientos de miles de parados luchaban por sobrevivir, soportando horas de frío en las
colas de los centros de caridad a fin de conseguir un mísero plato de sopa y un pedazo de pan.
En noviembre de 1932, Franklin Delano Roosevelt, candidato demócrata, ganó las elecciones presidenciales, lo que significó el origen de una nueva política económica e hizo renacer la esperanza en el pueblo americano.

Quién hubiera imaginado entonces que 41 años después, en 1973, volvería a
aparecer el fantasma de la recesión, cuando la OPEP (Organización de Países
Exportadores de Petróleo), tras la guerra del Yom Kippur, entre Israel y los países árabes, disminuyó la producción de petróleo. Esa maniobra provocó un crecimiento exagerado del precio del crudo que supuso un incremento de la inflación, una disminución de la inversión, y la quiebra de numerosas empresas. Todo lo cual condujo a un aumento del desempleo. Para salir de la crisis, al no poder aplicar políticas de demanda como hizo Roosevelt en su
día (siguiendo la teoría keynesiana), se aplicaron políticas de oferta, enfocadas principalmente al desarrollo de nuevas tecnologías. Sin embargo, la salida de la crisis no se produjo hasta que el precio del petróleo volvió a la normalidad.

Veintisiete años después, en marzo de 2000, estalló una nueva crisis en EEUU, la popularmente conocida como crisis de la burbuja tecnológica, que condujo a otra recesión. Entonces tuvieron lugar las emblemáticas quiebras de los gigantes Enron y WorldCom, produciéndose nueva­mente dramáticos desplomes de la bolsa de Nueva York que resucitaron el fantas­ma de la Gran Depresión.

Apenas siete años más tarde, en 2007, surge la hasta ahora última y más grave crisis conocida desde 1929, la de las subprime, también iniciada en EEUU, cuyos devastadores efectos han repercu­tido en todo el mundo occidental. Y la gente se pregunta, ¿cómo es que después de haber superado las tres grandes crisis anteriores: la de 1929, la del petróleo y la de las punto com, no se pudo evitar esta última de las subprime?

Esta pregunta la responde con claridad el economista Tim Jackson, profesor de De­sarrollo Sostenible de la Universidad de Surrey (Reino Unido) quien, a mi juicio, argumenta con acierto: “es claro que la crisis financiera no ha sido solo el resulta­do de comportamientos deshonestos, o de circunstancias desafortunadas, sino que es endémica al sistema, ya que, una eco­nomía que depende para su estabilidad de la expansión continua de la demanda de consumo, es estructural y ecológica­mente frágil”. Por tanto, esta crisis no podemos limitarla a una crisis económi­ca coyuntural, como una de las muchas que periódicamente aparecen formando ciclos. Esta es mucho más profunda que otras, es la crisis propia del sistema.

Si reflexionamos detenidamente sobre nuestro actual sistema económico, vemos que está basado exclusivamente en el cre­cimiento sin límite del PIB, es decir, en el aumento permanente de la producción de bienes y servicios. Por lo tanto, no cabe esperar de tal modelo que proporcione efectos positivos constantes, ya que, al apoyarse en la explotación de los recursos naturales, y éstos ser finitos, no pueden facilitar un crecimiento infinito. No es po­sible crecer indefinidamente cuando no disponemos de las fuentes de producción de los recursos ilimitados que serían nece­sarios para lograrlo. Sin embargo, la mayo­ría de la gente de nuestro mundo rico cree que el crecimiento económico es el único camino para lograr la prosperidad.

De ahí que todos: derechas, izquierdas, centro…y hasta los del fondo, estemos empeñados en lograr el crecimiento eco­nómico, la creación de riqueza. Pero, eso sí, siempre que se trate de nuestro cre­cimiento económico, de nuestra riqueza; no sea que los países del Tercer Mundo, los países empobrecidos (por nosotros, claro, por los del Primer Mundo) vayan a pretender disfrutar del mismo Estado de bienestar que el nuestro. Porque eso es técnicamente imposible, ya que, para que el 20% de los habitantes ricos del plane­ta, los alrededor de 1.400 millones que lo formamos, podamos seguir gozando de nuestro Estado de bienestar (con los ma­tices de cada lugar) es preciso que, tal y como hemos concebido el mundo, el otro 80% (los 5.600 millones de habitantes restantes) no puedan hacerlo.


Aparte de considerar los graves problemas técnicos, deberíamos apelar a nuestras conciencias y tratar de impedir que la injusta situación mundial que padecemos siga creciendo, pues debemos saber que el crecimiento económico lo conseguimos, en gran medida, gracias al mantenimiento de las desigualdades de este mundo.


No obstante, estoy convencido de que esa delirante obsesión por el crecimiento eco­nómico, no sólo no será el talismán que resuelva todos nuestros problemas, sino que, muy al contrario, pudiera ser lo que en un plazo no muy largo nos conduzca al desastre.

Y así, no es de extrañar que nos quede­mos impasibles al ver como los recursos físicos corren fatalmente hacia el agota­miento, aún habiendo advertido la Agen­cia Internacional de la Energía que el


“pico” del petróleo puede llegar en 2020; fecha en la que si empezase a escasear, su precio sería inaccesible. De igual ma­nera miramos hacia otro lado cuando ve­mos disminuir alarmantemente la capa­cidad de nuestro planeta en asimilar el impacto ambiental de la actividad econó­mica mundial, incumpliendo con El Pro­tocolo de Kioto, que comprometía a los países desarrollados a disminuir las emi­siones de gases de efecto invernadero un 5% para el año 2010, sobre los niveles de 1990. Y, sin embargo, esas emisiones han aumentado un 40% desde entonces.

A este respecto, Ban-Ki moon, secreta­rio general de la ONU, en septiembre de 2009, después de visitar el Ártico, y de cara a la Cumbre de Copenhague que se celebraría en diciembre de ese año (en la que estaba previsto acordar un nuevo Tratado que sustituyera al Protocolo de Kioto), declaró sobre el impacto del cam­bio climático: “debemos actuar con rapi­dez, pues nos encaminamos a un desas­tre económico mundial. El Ártico podría quedarse sin hielo en 2030”. Y añadió: “Tenemos el pie puesto en el acelerador de un vehículo con el que nos dirigimos hacia el abismo”. Tristemente, ni siquie­ra estas dramáticas palabras del secreta­rio general de Naciones Unidas sirvieron para que los países más avanzados del mundo alcanzaran un acuerdo respecto a las medidas a tomar en prevención de la contaminación del planeta.

Siendo todo esto cierto, y aparte de con­siderar los graves problemas técnicos, deberíamos apelar a nuestras conciencias e impedir que la injusta situación mun­dial que padecemos siga creciendo, pues debemos saber que el crecimiento eco­nómico lo conseguimos, en gran medida, gracias al mantenimiento de las desigual­dades de este mundo. Teoría estudiada por Fuad Hassanov, economista del FMI, quien argumenta: “por cada punto de desviación típica en desigualdad, medido por el índice de Gini, se genera un 0,6 por ciento de crecimiento del PIB”.

Está muy claro que la crisis que actual­mente soportamos no es aislada, sino que se forma por diversas causas. Así, la crisis económica procede de la crisis financie­ra, la alimentaria nace de la especulación con las materias primas y de la disminu­ción de los recursos naturales, y la eco­lógica surge de la falta de respeto por el medio ambiente. Sin embargo, la peor de todas ellas es la crisis de la justicia, pues no hay mayor injusticia que seguir permitiendo la existencia de las enormes desigualdades que dominan este mundo.
Pero, volviendo al actual modelo económi­co, nuestro infortunio no se detiene aquí, pues sabemos que el dinero que se mueve por transacciones comerciales, es decir, el que resulta de las operaciones propias de la economía real en el mundo, es del orden del 15%; mientras que el otro 85% corresponde a dinero especulativo creado artificialmente por el sistema financiero.

Todos somos conocedores de que hay empresas transnacionales que tienen una cuota de poder que supera a la de los pro­pios estados. Y eso lo prueba el que de las 100 economías más grandes del mun­do, 51 sean empresas; es decir, que los estados pierden poder a un ritmo direc­tamente proporcional al que lo ganan las grandes corporaciones como, por ejem­plo, Wal-Mart, McDonald, Microsoft…. Y no es eso lo peor, sino que, en los últimos tiempos, los grandes especuladores finan­cieros han ganado poder en proporciones muy superiores al de estas empresas, con el agravante de que no crean ningún valor añadido. Y así fueron los casos de Leman Brothers o de Murdock, a los que han se­guido tantos otros.

Algunos bienintencionados todavía con­fían en que, quizás, podrían resolverse los problemas que nos plantea la actual crisis económica aplicando políticas des­tinadas a erradicar la pobreza y el hambre en el mundo. Pero, por desgracia, dudo que eso pueda suceder, pues, si ayuda­mos a los 1.200 millones de seres hu­manos que actualmente pasan hambre en el mundo, y si además intentamos evitar que mueran por falta de atención sanita­ria los alrededor de 20.000 niños que lo hacen cada día, o si igualmente pretende­mos sacar del umbral de la pobreza a los 120 millones de europeos que la sufren (el 23% de la población, según la ONU), de los que 10 millones viven en España, ¿cómo vamos a poder defender nuestro

Hay miles de millones de personas en nuestro planeta que no pueden disfrutar de derecho básico alguno. ¿Estaríamos dispuestos a remediar la situación de tanta gente si tuviéramos que reducir en alguna medida nuestro nivel de vida?

Estado de bienestar? Hay miles de millo­nes de personas en nuestro planeta que no pueden disfrutar de derecho básico al­guno. ¿Estaríamos dispuestos a remediar la situación de tanta gente si tuviéramos que reducir en alguna medida nuestro ni­vel de vida?.

Necesitamos con urgencia ir pensando en modificar el actual modelo económico a fin de consolidar una alternativa al capi­talismo. Y que conste, que con esto no se plantea la vuelta a la economía plani­ficada desde el Estado, que tan nefastos resultados produjo; ni tampoco es una propuesta para acabar con la economía de mercado, ya que el mercado siempre ha existido, y seguirá siendo necesario que exista, ¿cómo si no conseguiríamos intercambiar los productos? Pero, no de­bemos consentir que todo esté tan mer­cantilizado. El mercado tiene una función importantísima, que es la del intercam­bio; pero si se convierte en fuente de en­riquecimiento rápido, entonces nace la especulación, y de ahí el aumento de las desigualdades, y de nuevo el empobre­cimiento. Lo cual es muy grave, pues ya cada vez disponemos de menos margen para combatirlo.