11 de outubro de 2013

Del campo al aula: comida buena y justa



Esther Vivas

“Niño, ¿de dónde viene la leche?”, le preguntan. “Del tetra brick”, responde. Cuántas veces habréis oído dicha anécdota. La distancia entre el campo y el plato, entre la producción y el consumo, no ha hecho más que aumentar en los últimos años. Y los más pequeños, a menudo, nunca han pisado un huerto, visto una gallina o se han acercado a una vaca. Alimentarse no consiste tan solo en ingerir alimentos, sino en saber de dónde vienen, qué nos aportan, cómo han sido elaborados. Educar implica, asimismo, enseñar a comer y a comer bien. Y eso, precisamente, es lo que hacen los comedores escolares ecológicos, que en los últimos tiempos han empezado a aparecer aquí.

El interés por comer bien, bueno y justo llega, poco a poco, a las mesas de las escuelas. Comedores que buscan, más allá de la aportación calórica necesaria, una alimentación ecológica y de proximidad. Se trata de aprovechar unos espacios, que permiten, como ninguna otro, la interacción entre alumnos, educadores, cocineros y, en un segundo término, con familias, profesores y agricultores, para recuperar no sólo el saber y el sabor de los alimentos sino, también, aprender y valorar el trabajo que hay detrás de la producción, la agricultura, y detrás de los fogones, la cocina.

Los comedores escolares ecológicos tienen una vertiente educativa y nutricional, a la vez que defienden la economía social y solidaria y el territorio. Alimentos ecológicos sí, pero de proximidad. Una apuesta imprescindible en un contexto de crisis que, por un lado, da una salida económica a la pequeña agricultura, que intenta vivir dignamente del campo, fomentando unos circuitos de comercialización alternativos y una venta directa, y por otra, ofreciendo una alimentación sana, saludable y ecológica a los más pequeños, en un contexto donde aumenta la pobreza y la malnutrición.

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