8 de janeiro de 2014

Semillas de guerra




Solo seis empresas controlan un mercado donde hay mucho en juego


MIGUEL ÁNGEL GARCÍA VEGA
Madrid 5 ENE 2014


Quien controle las semillas controlará el mayor mercado del mundo: el de
los alimentos. Este axioma es tan cierto que ha calado como el orvallo en
el sector agrícola. Y esa lluvia ha creado dos torrenteras que se miran
con la desconfianza de viejos púgiles. De un lado, los productores de
semillas comerciales -que incluyen las simientes convencionales y las
controvertidas transgénicas-, y de otro, aquellos agricultores que plantan
y defienden las variedades autóctonas. Pero la pelea se complica, pues las
semillas tradicionales también buscan su espacio frente a las
transgénicas. ¿Todos contra todos?

Eso parece, ya que la importancia de los números de esta industria va más
allá de simples cifras anotadas en un balance. "Hablar de semillas no es
un debate agrario reducido a técnicos que buscan soluciones en
reglamentos; no es un arma geopolítica que se quiere controlar desde los
despachos financieros; es hablar de nuestra propia existencia, porque en
la libertad de las semillas germina la libertad de las comunidades",
desgrana Gustavo Duch, coordinador de la revista Soberanía alimentaria.

Esta es la posición de partida de una industria que crece con una fuerza
inaudita si la comparamos con otros sectores. Sostiene la consultora
Transparency Market Resarch que el mercado de semillas comerciales moverá
en 2018 unos 53.320 millones de dólares (38.750 millones de euros). Hoy en
día supera los 35.000 millones de dólares. O sea, el negocio de las
simientes crece a tasas cercanas a los dos dígitos al año. Incluso, las
genéticamente modificadas. De hecho, su mercado pasará de 15.600 millones
de dólares en 2011 a 30.210 millones durante 2018. ¿Cómo entenderlo?
¿Arraigan los transgénicos, a pesar de la contestación social que generan?

El ejercicio 2012 fue récord para la industria de los cultivos
genéticamente modificados. Más de 17,3 millones de agricultores, en 28
países, cultivaron 170,3 millones de hectáreas. Cien veces más superficie
que durante 1996. "Esto convierte a los campos biotecnológicos en la
tecnología de cultivo de más rápida adopción en la historia reciente",
relata Carlos Vicente Alberto, director de Sostenibilidad en Europa de
Monsanto.

La organización no gubernamental ETC Group denuncia que las seis grandes
(Syngenta, Bayer, Basf, Dow, Monsanto y DuPont) manejan el 59,8% del
mercado de las semillas del mundo y el 76,1% de agroquímicos. "Es un
oligopolio", enfatiza, desde México, Silvia Ribeiro, directora en América
Latina de la ONG. "Hace 30 años ninguna empresa semillera controlaba más
del 1% de todas las simientes comerciales que se vendían en el planeta.
Ahora tener un control tan elevado de las semillas resulta muy
preocupante, porque son la llave de la cadena alimentaria", dice Ribeiro.

Y esa es una pelea que afecta a todos los países, sobre todo a los que
tienen muchas bocas que alimentar. En diciembre pasado, científicos
agrícolas de origen chino fueron detenidos en un centro de biotecnología
de Arkansas (EE UU) acusados de haber tratado de sacar semillas de las
instalaciones para entregárselas a una delegación china de visita por el
país. Inquieta una historia que mezcla espionaje industrial y seguridad
alimentaria, pero también evidencia que las simientes son materiales cada
vez más valiosos y caros.

ETC Group calcula que aprobar una variedad genéticamente modificada exige
una inversión de 136 millones de dólares. Algo que solo se halla al
alcance de unos pocos. En 2007, las seis grandes invirtieron nueve veces
más en I+D en cosechas y cultivos que el Departamento de Agricultura
estadounidense. De ahí que sean tan celosas con sus patentes (provocando
un aluvión de denuncias contra los agricultores que las infringen). Lo
que, sin embargo, nos les impide firmar cada vez más acuerdos de licencias
cruzadas entre ellas. Entonces, ¿en manos de quiénes reposa el futuro de
nuestra alimentación? "Bayer, Monsanto, DuPont, Dow y Basf, y sus
inversionistas financieros, son como orcos y trasgos tras un anillo.
Desean controlar la alimentación de la Tierra", explica Duch.

El problema es que, cada vez más, los cultivadores utilizan la radiación y
los genes químicamente alterados para mutar semillas y plantas e
introducir mayor variabilidad genética. La mutagénesis la emplean, entre
otros, Basf o Dupont con el fin de desarrollar cultivos destinados a
mercados que rechazan la ingeniería genética. "Es la manera, por ejemplo,
en la que se crean limones o uvas sin pepitas", analiza Antonio
Villarroel, secretario general de la Asociación Nacional de Obtentores
Vegetales (Anove). Además, suma dos ventajas frente a la ingeniería
genética. Es más barata y pocos dudan de sus bondades. "El uso de luz
ultravioleta, rayos X y procesos químicos se ha venido aplicando de manera
segura durante décadas", señala un portavoz de Basf, quien recuerda que el
primer cultivo comercial (la planta del tabaco) bajo esta luz data de
1934.

Aunque suene a contrasentido, la industria de las semillas es una de las
que incorporan más tecnología a sus productos. Las empresas españolas
destinan el 20% de la facturación a I+D. Hablamos de un porcentaje muy
alto para un sector que mueve 500 millones de euros en España. Y con un
efecto maltusiano. Un informe de 2010 referido al Reino Unido revela que
por cada libra invertida en esta industria se genera un retorno de 40. Y
eso en un país con un peso agrario inferior al español. Aquí, las cuentas,
y la competencia, son mayores. Por eso, "a veces, la coexistencia entre
productores de semillas españoles y las grandes multinacionales no resulta
fácil, ya que chocan en la visión de la propiedad intelectual de las
simientes", según Villarroel.

Quizá sea una buena forma de recordarnos que la alimentación en el mundo
es la historia de una pérdida. En el comienzo de nuestra civilización
había unas 10.000 especies, pero hoy se cultivan solo entre 150 y 200. En
la India, a principios del siglo XX, se catalogaban 30.000 variedades,
ahora, en el 75% del país se plantan únicamente 12. ¿Y en España? En los
años setenta encontrábamos 350 tipos de melones distintos, y ahora apenas
hay diez.

José Esquinas, ex alto cargo en la Organización de las Naciones Unidas
para la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), cree que detrás de
esta merma se ocultan, en parte, los grandes productores de semillas, los
cuales "han entendido que la forma más fácil de controlar el mercado es
estandarizarlo y uniformizarlo". "La estrategia", incide Henk Hobbelink,
coordinador de la ONG Grain, "es manejar pocas variedades e implantarlas
de forma masiva". Tanto es así, que los cultivos transgénicos se
concentran en 12 especies, mientras que las redes campesinas han cultivado
miles. "El siglo XXI será el de la diversidad, o no veremos acabar el
siglo", advierte Esquinas. "¿Cómo vas a afrontar un problema como el del
cambio climático con variedades uniformes?", pregunta.

Esta pregunta ha llegado hasta Tierra de Campos (Palencia). Una comarca de
clima extremo en la que Jerónimo Aguado tiene plantadas ocho hectáreas de
cereales. Su "agricultura", cuenta, "es del recuerdo". Recuperar las
semillas de sus padres y abuelos. La cebada caballar o el trigo candeal.
Esas son las especies con las que trabaja este agricultor. Antes había
cien variedades autóctonas, ahora han dejado de plantarse bajo la
polvareda de las simientes que imponen las multinacionales. "Te venden
semillas homogéneas. ¡Cómo si fuera lo mismo plantar aquí o en la rivera
del Guadalquivir!", zanja Aguado.