14 de fevereiro de 2017

¿Vivieron felices y comieron perdices?



Esther Vivas

El amor ya no es amor, es puro márketing. O al menos eso parece si miramos el 'día de los enamorados' por antonomasia: San Valentín. El amor se ha convertido en un objeto más de negocio. Los escaparates de tiendas y centros comerciales lo anuncian desde hace semanas y nos instan a demostrar nuestro afecto, eso sí pasando por caja. Un perfume, unos bombones, un peluche, unas flores o una joya, nos dicen, son la mejor manera de decir «te quiero».

Sin embargo, ¿desde cuándo el amor se mide por lo que compramos en vez de por lo que sentimos? Todo un síntoma de los tiempos que corren, donde se mercadea con los sentimientos. No nos quedan horas para dedicar a la pareja, a los amigos, a los hijos, y el consumismo es el válium de nuestra conciencia. Se trata del resultado de una sociedad que vive de espaldas a cuidarnos, en el sentido desmercantilizado del término.

¿Qué sería de nosotros sin amor, sin ternura? Gastar, comprar, regalar puede aliviar el sentimiento de culpa por el tiempo que no tenemos, o que no nos dejan tener, pero no nos engañemos: un objeto nunca podrá sustituir nuestra presencia. «Tiempo para la vida» es lo que necesitamos, en palabras del filósofo Jorge Riechmann, ante un capitalismo adicto a la velocidad.

Asimismo, ¿qué ideal de amor lleva implícito San Valentín? El de 'la media naranja', el de 'hasta que la muerte nos separe' o el de 'el amor verdadero lo aguanta todo'. En definitiva, se trata de casarse, tener hijos, ser felices y comer perdices. He aquí el mito del amor romántico, ahora además mercantilizado, donde las mujeres esperamos a nuestro príncipe azul, ese que ya aparece en los cuentos infantiles, el que hemos visto en las películas de Disney (¡cuánto daño han hecho Blancanieves, Cenicienta y la Bella Durmiente!), el macho alfa de tantas canciones repetidas desde la adolescencia o el clásico galán de las telenovelas.


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